• Feb 2, 2026

La palabra que tu cerebro odia pero que te hará aprobar

  • Jesús Santiago

Este artículo no es sexy. Pero te puede cambiar la vida.

Y no, no hay promesa de motivación épica ni un secreto milagroso para memorizar en 0,333 segundos.

Hoy vengo a hablarte del deber. Esa palabra que a tu cerebro le da urticaria.

Porque, seamos sinceros, lo que apetece es ver vídeos de gatitos o hacer scroll en TikTok. Lo que no apetece es estudiar el tema de la Ley 39 cuando ni el anterior te lo sabes del todo.

Pero aquí está el truco: Los que se comen el mundo no hacen lo que les apetece. Hacen lo que toca. A diario. Aunque les dé pereza. Aunque no estén "inspirados".

Porque si vives eligiendo siempre lo cómodo, lo que "te pide el cuerpo", te aseguro algo: vas a suspender. Vas a sentirte mediocre. Y vas a empezar a pensar que no vales para esto.

Pero la cosa es que sí que vales. Lo que pasa es que estás dejando que el placer mande. Y mientras tu cuerpo te pide Netflix, la vida te está pidiendo que espabiles.

¿Lo bueno? Esto se entrena. Como un músculo.

El deber no es algo con lo que naces. Es algo que construyes. Cada vez que haces lo que toca aunque no te apetezca, estás fortaleciendo ese músculo. Y cada vez que eliges lo cómodo, lo estás debilitando. Es así de simple.

La mayoría de gente vive esperando sentirse motivada para hacer lo que tiene que hacer. Esperan el día perfecto. El momento en que todo encaje. El subidón de energía que les haga sentarse a estudiar con ganas. Y mientras esperan, pasan los días. Pasan las semanas. Y siguen sin avanzar.

Porque la motivación no llega antes de la acción. Llega después. Primero te mueves. Luego te sientes bien por haberte movido. Pero si esperas a sentirte bien para moverte, nunca empiezas.

El deber es hacer lo que toca independientemente de cómo te sientas. Independientemente de si te apetece o no. Independientemente de si estás inspirado o si prefieres estar haciendo cualquier otra cosa. Porque lo que toca, toca. Y punto.

Y esto no es ser un robot. No es convertirte en alguien sin emociones. Es entender que tus emociones no mandan. Que tú mandas. Que puedes sentir pereza y aun así estudiar. Que puedes no tener ganas y aun así cumplir tu plan. Que tus ganas no deciden tu día. Tú decides tu día.

Los que aprueban no tienen más ganas que tú. No tienen más motivación que tú. Lo que tienen es más disciplina. Más capacidad de hacer lo que toca aunque no les apetezca. Y eso no es un talento. Es una decisión. Una decisión que toman todos los días.

Cuando te levantas y no te apetece estudiar, tienes dos opciones. Esperar a que te apetezca o estudiar de todas formas. Si eliges la primera, probablemente no estudies. Si eliges la segunda, habrás estudiado aunque no tuvieras ganas. Y al final del día, lo que importa no es cómo te sentías. Es lo que hiciste.

El deber es incómodo. Es aburrido. Es repetitivo. Pero es lo único que funciona. Porque los resultados no vienen de los días que te apetece. Vienen de los días que no te apetece y aun así lo haces. Esos días son los que marcan la diferencia. Esos días son los que te llevan al aprobado.

Así que deja de esperar a sentirte motivado. Deja de buscar el momento perfecto. Deja de elegir siempre lo cómodo. Y empieza a hacer lo que toca. Todos los días. Aunque no te apetezca. Aunque prefieras estar haciendo otra cosa.

Porque cuando entrenas ese músculo del deber, todo cambia. El estudio deja de ser una batalla contra ti mismo. Y empieza a ser simplemente lo que haces. No porque te apetezca. Sino porque toca.

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